domingo, 5 de diciembre de 2010

GUSTAVO DUDAMEL

EN EL AUDITORIO
MARIAN PIDAL

Intérpretes: Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana.
Director: Gustavo Dudamel.
Programa: Beethoven, Tchaikovsky.
Lugar: Auditorio Príncipe Felipe.

Que Gustavo Dudamel triunfaría en su presentación en Oviedo al frente de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana, se daba por hecho. Las apuestas circulaban en realidad respecto al grado de fascinación que despertaría y si las excelencias que circulan acerca de los jóvenes intérpretes que lidera serían una exageración. Dos horas sirvieron para aclarar las dudas.
Dudamel posee un talento que desata pasiones y enciende los auditorios que pisa. Su capacidad para descifrar la esencia de las obras musicales más complejas y comprometidas dista mucho de hallarse en el límite. Su paso por orquestas de prestigio no ha hecho más que empezar y se espera con impaciencia su trabajo al frente de la Filarmónica de Los Ángeles.
Acostumbrado a dirigir agrupaciones orquestales de solidez contrastada, Dudamel no rebaja su nivel de exigencia cuando se coloca al frente de una orquesta llamativamente joven como la Sinfónica de la Juventud Venezolana, contagiada, inevitablemente, de cierta inmadurez e incertidumbre. Si durante el concierto se pudieron apreciar 'tempi' algo forzados o puntuales desajustes, debe tenerse en cuenta que son el resultado de una interpretación apasionada y vibrante. Nada más. La formación venezolana es, por encima de eso un equipo disciplinado y dúctil; sobresaliente en la afinación y preciso en la dinámica. El color que apuntan las maderas posee gran belleza y la claridad y el empaste de los metales, es elogiable. El recital se abrió con la 'Sinfonía nº 7 en La Mayor, Opus 92', de Beethoven. Lástima que los móviles, siempre irritantes e irrespetuosos, hicieran acto de presencia tras los primeros compases. La cuestión sobrepasa la anécdota y lleva camino de convertirse en costumbre.
Dudamel perfiló una visión de la Séptima enérgica, ágil y emotiva en la que sobresalieron el 'Allegretto' y el 'Allegro con brio'' La segunda parte acogió la 'Sinfonía nº 5 en Mi Menor, Opus 64', de Tchaikovsky; una pieza ejecutada con las dosis de hondura, lirismo y decisión imprescindibles, sin dejarse llevar por la sobreactuación. El 'Andante cantabile' fue todo un acierto.
La propina, reclamada durante varios minutos, puso la nota exuberante a la velada con el 'Mambo', de Bersntein, interpretado siguiendo una original coreografía llena de colorido y viveza. Bravo.


El Comercio, periódico de Gijón

           

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